Ojala supiera.

Por: Ramm Erzengel.

Que…, las imágenes de las grandes montañas que reposan sobre su pecho,
con picos altos y llenas de un inagotable hielo,
invaden mi mente en todo momento.

Me asaltan sin misericordia, incluso mi memoria me trae su frio aroma,
siento el deseo de remover con estos labios profanos la blanca escarcha
y así hallar en lo más profundo de ellas los ríos que encausan su deliciosa leche blanca.

Recuerdos, así lo llaman,
más yo los siento como cantos y señuelos
que al arribar a mi oído dejan letras de poesías llenas de inextinguibles deseos,
sutiles alaridos que susurran su impronunciable nombre,
mientras evoco su cuerpo entero, desnudo y dispuesto a cumplir mis más culposos anhelos.

Su piel mi objeto, pues es todo lo que quedo de nuestros tiempos,
deseo cada noche ser el ladrón de la savia que emana de en medio de su cuerpo,
y precisamente a su sudor no me refiero,
y respecto a lo que me refiero…, es mejor guardar silencio.

Ojalá supiera, que pensamientos así llegan, todas las noches cuando me dispongo a descansar esta mente vieja que en todo momento le piensa, y me digo, vivir esto ¿no es lo mismo que asumir una condena?

Lo es, es la cruz que llevo puesta, pero que en ocasiones mi prosa me libera y transforma todo ello en otro escrito para ella. Ojalá supiera, ojalá lo supiera.

Hominis.

Por: Ramm Erzengel.

Un hombre mientras más vive, mientras más le pasan por encima los años, mejor sabe que es lo que desea, yo deseo esas tardes frías, con llovizna, la nostalgia de mis recuerdos y la promesa de lo que no fue, mi copa de vino llena, mi habano a medio termino perfectamente humeante, mi vista puesta en un horizonte grisáceo y azulado, canciones atemporales a mi rostro y apariencia, melancolía y una que otra herida en el pecho para no olvidar que me encuentro vivo…

Siempre con un buen libro que leer y tener algo dentro del alma con la necesidad de ser escrito…

He vuelto.

¿Te encontrare…?

Por: Ramm Erzengel.

Que difícil es buscar las palabras,
que antes emergían tan natural como agua de manantial
pues cuando mis heridas estaban abiertas y la sangre brotaba
también la poesía lo hacía de esa manera.

Se escurría entre mis dedos y llegaba al papel,
como las lágrimas solían mis mejillas recorrer,
sin embargo mi alma se ha recrudecido y mi humanidad endurecido,
y buscar la poesía que abandone se siente como entrar a casa con mamá después de haber quebrado aquel vidrio.

Me azota entonces… con su indiferencia, me castiga y me señala,
seguro consideró que tome el camino fácil, la huida
la distracción entre cosas vánales y estúpidas
y por ello me niega el acceso a su arte y su forma, a su métrica y rima.

Está bien, supongo, le abandone en aquel páramo,
donde pasamos tantas noches llorando
en las crudas noches de otoño e invierno,
donde los recuerdos de lo que no fue me inundaban
y donde ella siempre me consolaba.

Le abandone sin explicación alguna, le deje como las mil velas que encendí para suplicar por el final de mi dolor, las cuales ya no radian calor.

Tenía en si misma siempre un aire de esperanza,
a pesar de lo grotesca que fuese la batalla,
empero, para ella, escogí el camino fácil, la desesperanza,
y ahora regreso con todo lo que siempre había querido… pero sin ella,
ni el páramo ahora se encuentra.

Sin embargo, se donde habita,
en aquella cueva detrás de esas mil piedras
le encontraré, débil, hambrienta de mi dolor,
fría y perfecta para mí, con su blanca y larga cabellera
y su gélida piel pálida.


Iré a ella con disculpas y un obsequio,
mi formal rendición ante el dolor que la vida me dejó,
mi formal aceptación a la crueldad y el dolor,
espero eso la convenza de volver a su hogar, el cual es mi corazón roto, mi alma anquilosada…

Ojalá me acepte y vuelva, que eche raíces en mi pecho,
y viva al lado de mis recuerdos,
siempre le mantendré fría, triste y esperanzada,
tal cual me mantiene la vida a lo largo de sus páginas en esta novela dedicada…